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Idolatría

Idolatría

idolatria
Del griego ‘eidololatreia’, que significa literalmente ‘adoración de Ídolos’ en otras palabras considerar dioses desde una imagen siendo esta objeto de culto a donde van dirigido honores, danzas, cánticos u otras formas de homenaje , hasta personas o cosas amadas con exaltación. La ‘idolatría’ surge al confundir el símbolo con lo que representa, por incapacidad de elevarse hasta su significación puramente intelectual. Cuando ya no se ve del símbolo más que su forma exterior, su razón de ser y su eficacia han desaparecido; el símbolo ya no es más que un “ídolo”, es decir, una imagen vana objeto de culto, y su conservación no es más que mera superstición.

El idólatra es un individuo falto de fuerza interior y de autoestima, necesita objetos exteriores para completar, para reforzar y apuntalar su yo. Parte de la personalidad del idólatra no le pertenece sino que se la entrega al ídolo, éste es dueño de un pedazo de aquél y su atractivo como fetiche viene dado en función del número de individuos que no se resisten a su encanto y su poder depende del grado de dominación o influencia sobre ellos.

La vida del adorador es monótona y rutinaria, busca con avidez algo que le ayude a sobrellevar su insignificancia, que le haga partícipe de una idea o ente superior: fútbol, religión, música, etc. Ahí radica ese amor por los ídolos, reconvertir la monotonía en placer, la insignificancia en grandeza, y abrazar la posibilidad de participar de una idea superior que le llene de placer y esperanza.

Tener personalidad significa no depender de los demás ni siquiera para obtener intensísimas sensaciones. Personalidad significa independencia, individualidad, seguridad en uno mismo, autoestima, no subordinación o aislamiento, sino amplitud de miras, control sobre los
acontecimientos.

Las verdades dogmáticas, las que no admiten discusión ni debate, junto con los individuos que se creen infalibles o dueños exclusivos de la razón, han sido los mayores detractores del Hombre Capaz, que es aquél que posee el extraordinario poder de cambiar las circunstancias, las propias y las de su entorno, que no se subordina y arrodilla y acepta su inferior status sino que pretende, ante todo, luchar por su verdad.

El fanático es el que se mece en los brazos progenitores de una efigie, deidad o persona, con el fin de ser guiado por él, con la esperanza de que le ayude a llenar su vacío de vida, a invertir ese penoso tedio en emociones. El ídolo es el que le motiva, el que le ilusiona, el que impide que decaigan sus ansias de vivir.

La idolatría es patológica, la admiración es sana. El hombre no puede vivir aislado y si sus ídolos caen derribados, inventará otros, los creará a su gusto en la imaginación o se adherirá a sectas para desarrollar nuevas fidelidades pseudorreligiosas. Su debilidad se disipa cuando disfruta de la compañía del ídolo, de él recibe parte de sus estímulos vitales, la incitación al dinamismo; una fécula de energía, que su corazón o poder interior no es capaz de generar. De ése, su particular Dios, proviene, como si de un óbolo se tratara, el “préstamo de grandiosidad”. Y es que él o ella sigue advirtiendo su falta de iniciativa y autoridad. No ha madurado (quizás no lo haga), al menos en una faceta de su personalidad, y si no puede convertir sus sueños en realidad, al menos participará del triunfo de quienes sí lograron ese difícil propósito.

Todos buscamos modelos en los que vernos reflejado, necesitamos esa distintiva tracción inherente a los grandes hombres, precisamos de personajes a los que imitar, de personas en quienes confiar.

El niño hasta que no madura, hasta que no supera la etapa infantil, es un ser frágil y desamparado. Los padres, los educadores y la cultura modelarán su lenguaje, configurarán sus pensamientos, cimentarán paulatinamente la estructura de su personalidad. A medida que va creciendo va tomando conciencia de su individualidad, pero es precisamente en esta etapa cuando advierte la carga pesada de su insignificancia: “El mundo es tan grande y yo tan pequeño…”. Con el fin de contrarrestar ese sentimiento, iniciará una vehemente búsqueda de la identidad en el exterior. Ejemplos: la adquisición de variopintos prendas u objetos como juguetes, camisetas de equipos deportivos, zapatillas de marca; integración en grupos juveniles, etc.

Este comportamiento le permite participar de esa superior dimensión que le envuelve por completo, lo cual aplacará su noción de soledad, a la vez que logra vincularse en un, más o menos reducido, ámbito de la sociedad. El proceso de integración como el de la educación es largo y farragoso y puede acarrear heridas internas de las que nunca se recupere. Es bien conocido que las repercusiones de los traumas infantiles, según su gravedad, se trasladan a la vida adulta, perturbándola. Una buena educación impartida a un niño es fundamental, puede, literalmente, convertirlo en un Hombre o en un desgraciado.

La idolatría es también un signo de falta de confianza en uno mismo. La admiración controlada bebe del sano interés, por el contrario, la idolatría es subyugación y se origina en la insignificancia y en la impotencia. Los idólatras pueden llegar a dar la vida u ocasionarse daños o lesiones (consciente o inconscientemente) si su ídolo desaparece largo tiempo del panorama visible, si no pueden sentir cercano su calor. La separación de grupos musicales o la muerte de un cantante causa estragos en la población adolescente, fundamentalmente femenina. Chicas recuerdo que no querían “lavarse la mano” porque con ella habían rozado una prenda de vestir que llevaba puesta su admirado cantante. Casos extremos se refieren al suicidio.

Los idólatras obran sin pensar, presa de una fuerza dominante que les sobrepasa; en casos excepcionales y debido a la inconsciencia de sus actos resultan un peligro tanto para sí mismos como para el ser al que dirigen su atención. Fans enloquecidos amenazan de muerte al objeto de sus deseos por el mero hecho de no contestar sus cartas, se congregan en los hoteles donde reside, se cuelan por su ventana jugándose el tipo, viajan por medio mundo siguiendo su estela, empapelan su habitación con decenas de pósters, se desmayan en los conciertos, se suben al escenario, se ponen a gritar hasta quedarse afónicos, incluso le arrancan la ropa, adquieren los numerosos artículos que se ponen a sus disposición en los grandes almacenes o más exóticos (y caros) en públicas subastas, guardan su autógrafo como oro en paño… Resumiendo: una histeria colectiva increíble.

El Hombre es imposible con estas actitudes, y el individuo pasional, el fanático, es un triste facsímil de aquél, un ser enteramente dependiente con apenas valor inherente. “Mi valía es la valía del ser al que sigo. Si él es grande yo lo soy. Si a él se le ataca, siento el dolor en mi carne, si a él se le humilla percibo esa humillación como un sentimiento maldito y profundamente íntimo. Él es parte de mí, debo defenderle, a muerte si es necesario, pues si él muere, ¿qué será, qué quedará de mí?”.

Resumiendo, el futuro hombre necesita unos progenitores capacitados para llevar a cabo la siempre difícil labor de la educación. Deben imponer su autoridad, su personalidad, depositar su conocimiento y experiencia en los nuevos retoños. El futuro hombre necesita modelos válidos que le hermanen con la sensibilidad, con el raciocinio, con la verdad, con la bondad, con la justicia, con la fortaleza de carácter y cuya imagen se asocie con el progreso y perfeccionamiento de las relaciones humanas a escala global.

No existen modelos salvo los que beben de la razón y se inspiran en el amor.

Todo lo que el niño vea, escucha y sienta constituirá su entramado mental, la estructura de su personalidad. Si la sociedad ensalza a un futbolista, la probabilidad de que la balanza donde se ubican sus deseos se incline hacia la práctica fútbol será indudablemente mayor (digamos, proporcional) de la que ensalza a un poeta, pensador. Si a la mujer se la trata como a un cuerpo u objeto sexual, si al niño se le induce a mirarla con los ojos de la posesión, si se le enseña a valorarla en función de su exterior (componente educacional muy difundido) así será su tendencia de comportamiento. Si los grandes hombres son violentos, machistas, si sus ídolos se drogan, fuman, responden a preguntas de manera infantil, si desdeñan la cultura y los estudios, si ninguno de ellos se muestra defensor de las libertades, si adolece de perniciosos defectos, él acabará por imitarles, acabará por ser como ellos. Siguiendo el hilo argumental: si sus padres no dedicaron parte de su tiempo a limar sus defectos de personalidad, si les trae sin cuidado, si no le otorgan la debida importancia, quizás su hijo adquiera esas mismas anomalías de carácter y aunque, afortunadamente se librase de esa carga, sí recogerá los defectos de sus amigos, compañeros o ídolos.

Es imposible no verse afectado por del poder de las influencias (repito: especialmente de las perjudiciales). ¿Y quiénes son nuestros educadores? ¿Y qué es lo que predica la diosa sociedad? ¿Y en qué creemos nosotros? Averígüenlo. Así serán las próximas generaciones.

Si idolatras es que todavía no te sientes seguro de ti mismo. Mírate en el espejo y pregúntate “¿Qué me falta?”. Tú y sólo tú seas protagonista de tu propia vida, pero en ésa, tu feliz interpretación de lo que debe ser un Hombre o Mujer deberían incluirse miles de personas, por algunas de las cuales es realmente difícil no sentir admiración, otra cosa bien distinta es arrojarse a sus pies.

La idolatría es una grave y extendida anomalía de la naturaleza humana que deber ser subsanada. Nunca debemos permitir que nadie tenga un poder tal como para reducirnos a alfeñiques discípulos de la pasión irracional, a individuos que serán fácilmente manipulables por las campañas de publicidad.

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