Educar bien y sus frutos educación

Educar bien y sus frutos


José Carlos Fernández

Según la concepción clásica, educar bien es enseñar a vivir, desarrollando las cualidades internas y los «talentos» de los que somos responsables, transmitiendo una cultura que sirve de matriz formal, mental y emocional de este desarrollo interior, el escenario que permite (y también condiciona, aunque sea temporalmente) conocernos y conocer el mundo en que vivimos.

«Ahora que siento la fuerza y la luz de mi amanecer, siento también mi responsabilidad en el viaje que quiero proseguir hasta mi mediodía. Y cuando llegue allí, quiero continuar viéndome a mí y al mundo con la misma curiosidad; con el mismo entusiasmo y alegría, y con la capacidad de creer que tienen los niños. Y, con la sabiduría de la luz que la edad me dé, conseguir un modo de desenvolver y sembrar mis talentos en el jardín del mundo, para que a los niños, a quien adoro, les guste estar en él».

La palabra educar viene de una latina que significa «educir», extraer desde el interior al exterior, desenvolver, el efecto del sol, el agua y un buen jardinero sobre las semillas en la tierra.

En las escuelas de filosofía antiguas y en las diferentes sociedades que alzaron cultura y civilización en el pasado histórico, la educación tenía como finalidades principalísimas:

1. Promover el reencuentro del joven con su propio ser interior, descubriendo paulatinamente su naturaleza más fecunda, sus capacidades innatas, desenvolviendo así la inteligencia que debe iluminar los caminos de la vida, aprendiendo a discernir, valorar y penetrar el sentido de los acontecimientos. Esta es la clave del reencuentro con los valores que llevan a la concordia, la amistad, la comprensión, el sentido del honor, la responsabilidad; a una moral (el pilar de la estabilidad interior) firme. Implica el desarrollo de una conciencia cada vez más amplia, en su doble faz de espectador de causas y efectos que se suceden en la dinámica vital, y de actor pronto a responder a los desafíos que exigen lo mejor de cada uno.

2. Aprender a usar las herramientas del alma y movernos bien en los escenarios que la vida nos presenta, como una bendición si sabemos hacer buen uso de ellas, o como una maldición si no podemos controlarlas a nuestra voluntad y con libertad interior. Estas herramientas son el cuerpo, las corrientes de vitalidad que le animan, la «mariposa multicolor» de nuestra emotividad (sensaciones internas, emociones, instintos, pasiones y sentimientos) y la mente. Aprender, por tanto a trabajar, a observar, a pensar, a hablar y a laborar, estableciendo así lazos con la vida, con la naturaleza y con quienes nos rodean. Aprender a imaginar y a soñar, y a plasmar aquello que soñamos. Y todo ello para ser útiles a nosotros mismos y a la comunidad de la que formamos parte.

3. Desarrollar la capacidad de asumir bien y naturalmente las diferentes edades de la vida, que si no están bien asumidas, provocan fracturas internas. Y no solo ellas, sino las diferentes circunstancias y cambios de escenarios, y las diferentes crisis que debemos enfrentar en nuestro natural desarrollo, las pruebas de la vida. Como dirían los egipcios, poder sobrevivir íntegros a todas las metamorfosis, sin heridas que nos hagan perder la sangre del alma. Hay que llevar al educando, a partir de la adolescencia, a saber enfrentar las situaciones y problemas y no huir por caminos que no llevan a ninguna parte, ni ser víctimas y esclavos de sus fantasías. Hay que aprender, también, a saber cómo llegar adonde debemos llegar.

Esto lo que el maestro debe enseñar, no imponiendo nada sino haciendo crecer los valores internos del discípulo, creando para ello escenarios y otorgando los conocimientos necesarios para comprender al ser humano, la naturaleza y el mundo en que vivimos. Como genialmente describe Jorge Ángel Livraga, «El hombre tiene una capacidad de creación, de imaginación y de fantasía que le permite pasar por encima de los obstáculos, que le permite no tener una programación mecánica, sino una fuerza espiritual humana que hace que pueda no solamente adaptarse al medio ambiente, sino superarlo y recrear en obras todo un mundo interior. (…) O sea, que los hombres, por la parte genética, solo heredan una serie de capacidades instintivas, pero hace falta el aprendizaje, esto es, hace falta la transmisión de la cultura para que el hombre se realice como tal».
Una educación bondadosa y firme

Este artículo es un ejercicio de reflexión sobre el hecho educativo, y surge después de leer un libro que me ha sorprendido por su belleza, optimismo, sentido de gratitud y por lo admirable de haber sido escrito por una adolescente: Adiós a los trece años, de Sara Meireles. Es una despedida de la infancia, una íntima necesidad de revisar los recuerdos de su niñez y su paulatino despertar a la vida, sabiendo que inicia una nueva etapa. Esta joven escritora da las gracias a maestros, familiares, amigos y muy especialmente a su madre: amable, firme y bondadosa guía en los misterios del vivir. Dice gracias a todos los escenarios que dejaron una marca inolvidable de belleza en su alma: un viaje a Italia; los años de vacaciones y fines de semana pasados en la Sierra de la Arrábida, en íntimo abrazo con la naturaleza; la campiña que el Duero baña y engalana, en lugares donde «además del deslumbramiento visual que siempre me llena ojos y alma, hubo un tiempo para pensar, vivir y soñar…»; se han tornado paisajes del alma, vida interior.

El libro está lleno de reflexiones, demasiado maduras a no ser que pensemos que una es la edad del cuerpo y otra la del alma. Y que una verdadera educación es la que permite que el Alma Peregrina, esa estrella que vive en los internos abismos, abra de nuevo sus ojos al mundo. Nos sorprende también su alma de poeta, ese misterio que le susurró algunos de sus primeros versos, con nueve años:

«Recuerdo una mañana de domingo en que, sentada en la explanada del café, haciendo un trabajo sobre Sebastián de Gama para la escuela, unas palabras, tal vez unos versos, comenzaron a surgir de la punta del bolígrafo. En cierto momento, ya no sabía si era yo o él quien escribía: era la magia de la Arrábida».

Volvamos al «hecho educativo». ¿Por qué dan que pensar estas páginas? Porque demuestran el buen fruto de una buena educación, lo que nos permite deducir algunos principios pedagógicos cuyo olvido está llevando a nuestros hijos al analfabetismo moral, a la incapacidad de asumir riesgos, a decisiones blandas, a la irresponsabilidad, a que los niños se conviertan en tiranos de los padres, y a que en ellos veamos a futuros esclavos: de los otros, del mundo o de sus propias pasiones.

De qué sirve acumular datos que no se comprenden ni se encuadran, que se van a olvidar sin dejar huella; de qué sirve «modelar» a niños, adolescentes y jóvenes para que se conviertan en «piezas» de una industria de consumo, en engranajes de máquinas que diez años después quedan obsoletas y que tienen que ser de nuevo fundidas para encajar Dios sabe en qué mecanismo desnaturalizado. Lo importante es forjar ciudadanos libres, audaces, atentos, con iniciativa, prontos al servicio al prójimo o a una causa; inteligentes para hallar por sí mismos el camino y con una lógica natural implacable que destruya con sus aspas de acero cortante todas las redes de engaños que una sociedad depravada y amoral va a lanzar sobre ellos.

Vemos algunos ejemplos de oro en la educación de esta joven, educación cuya alma mater ha sido su propia madre, «que estaba siempre cerca, atenta y vigilante, y al mismo tiempo creando espacios para que ella pudiera, sola, crecer».
Historias para crecer

Hay que saber escoger historias leídas o inventadas para ilustrar una enseñanza en la edad de los cuentos, pura, amable, bondadosa y prolongada, no regateando esfuerzos los padres en estar con los niños.

Su madre la animó a encontrarse, siempre que fuera posible, con la magia del amanecer y de los atardeceres, en silencio, absorbiendo la belleza de esta ceremonia, la más antigua, de la naturaleza; a aprender a observar, con conciencia pura, sin deseos, la mínima lección de esta naturaleza; a pintar con pinceles o con palabras en descripciones, para captar con atención cada uno de los detalles.

Hablar, escribir, es como bordar, construir con palabras la arquitectura inmaterial de lo que imaginamos o intuimos. Pero lo primero de todo es aprender a ver, a escuchar: «Recuerdo cómo mi madre, conversando con nosotros antes de escribir, nos pedía que (…) escuchásemos lo que el viento nos decía, las historias que aquellas flores, aquellos árboles, aquel mar nos tenían que contar… (…) Y fue en este clima en el que las primeras palabras, las primeras historias, los primeros versos, los primeros dibujos salieron de nuestras manos y de nuestros corazones…».

Es mejor leer los clásicos de la literatura y no libros para idiotas o de amargados que llenan los programas educativos y que muchas veces los padres sienten vergüenza en dar a los niños. En la primera lectura no van a asimilar los tesoros ocultos que guardan, pero sí una forma de pensar, de decir, noble y elevada, propia de almas grandes y no de vendedores hábiles.

La asimilación sintáctica está muy unida a la arquitectura del pensamiento. Una mente diáfana, ordenada como la red cristalina de un diamante, permite el paso de la luz, la inteligencia. Si nuestra mente se acerca a altos principios, paulatinamente se va ordenando, disciplinando y haciendo transparente. Llegará una edad en que hay que trazar caminos en la mente desde el interior, como si nuestro yo íntimo fuera un héroe con un hacha de doble filo en un laberinto, donde se abre paso pensamiento a pensamiento. Pero eso es después, esa es ya la construcción consciente. Si todo está cubierto de la tupida maleza de una mente caótica, llena de pensamientos desordenados, el trabajo desde el interior será casi imposible.

Es necesario no solo leer, sino reflexionar, considerar con atención para asimilar aquello que leemos. Leer es como comer intelectualmente; hay que evitar «comer» sin necesidad porquerías que dañan nuestra mente, tener firmes y acerados dientes de análisis para que nada sea aceptado sin ser seriamente valorado, pesado, medido.

Esta obra, contiene principios pedagógicos luminosos y firmes, los que necesita el presente si quiere construir un futuro esperanzado:

(Comentando la obra de los grandes genios del Renacimiento)«A propósito de la confianza que Brunelleschi tenía en sus capacidades y del valor que tuvo en perseguir sus metas, aprovechó entonces mi madre para hablarnos de la importancia de los sueños y de la confianza en su realización, sueños que si están aliados al estudio y al trabajo regular, nos pueden llevar siempre hasta donde deseamos ir, proyectando hacia el exterior lo mejor de nosotros; a veces, nos decía ella, esa postura nos puede dar la fuerza de perseverar, cuando pocos, o ninguno, nos aprueben o entiendan».

[…]«Es preciso no perder de vista los sueños, independientemente de la aprobación exterior. La verdadera aprobación, nos decía ella, tiene que venir desde nuestro interior, aunque nos aconsejase siempre la humildad de saber oír a los que están a nuestro alrededor, pues siempre tienen mucho que enseñarnos…».

Gracias, Sara, y gracias, Julia, por recordarnos con tanta belleza qué es lo más importante y qué no debemos olvidar, de ninguna de las maneras y a pesar de todos los narcóticos de nuestra sociedad de consumo y de la vida acelerada e irreal que nos quieren imponer.

revista esfinge

Facebook Comments
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

To Top