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Hoy vi... La violencia

Hoy vi… La violencia

Delia Steimbergviolencia

hace, ni tampoco la primera vez en que cuando lo hace emponzoña todo lo que toca.
He visto cómo miles y miles de jóvenes ponen sus mejores energías al servicio
de la destrucción, haciendo de sus propias vidas míseros guiñapos y estropeando sin
piedad ni sentimiento alguno las vidas de los demás. He visto y comprendido que la
fuerza de la juventud, esa fuerza intrínseca y propia de esta etapa de la existencia, ha
sido malograda y convertida, no en fuerza joven, sino tristemente en su pariente bastardo:
la violencia estéril.

Pero la violencia no es una enfermedad que brota espontáneamente, sino que
tiene raíces múltiples y profundas. Detrás de la violencia se esconden, agazapados, el
miedo, la cobardía, el resentimiento, la envidia, el hastío interior, la falta absoluta de
espiritualidad y, aunque parezca mentira, la inacción.
Habitualmente, es fácil confundir la violencia con acción, y aun con exceso de
acción. Pero no es así. La acción es lo que construye, lo que avanza, lo que se extiende
hacia un futuro mejor que el presente. La violencia, en cambio, es una forma de escapar
de la acción positiva, enmarcando en la destrucción toda la energía animal que encierra
el hombre. Construcción y destrucción no son, ambas, modalidades de la acción: la
primera sí lo es; la segunda es la negación de la acción.

Hemos hablado también de hastío como causa de la violencia. Y es bien cierto
que la juventud actual es vieja de hastío cuando apenas debe comenzar a vivir. La niñez
se ha convertido en un período imbecilizante, en donde lecturas, televisión, cines y
charlas mal dirigidas niegan al niño sus capacidades infantiles, y le confieren, en
cambio, la posibilidad de “participar” de todos los problemas de los mayores. La adolescencia
–que por algo adolece– es una burda imitación de la vida de los mayores, donde
los que nada saben aún, juegan a saberlo todo y a probarlo todo en un afán, tal vez
oculto, de mejorar un mundo que no les satisface. Y así se llega a una juventud harta de
experiencias, seca para todo sentimiento noble, y propensa a la burla y el cinismo, como
réplica a miles de desilusiones acumuladas.

Duele en el alma comprobar diariamente cuántos jóvenes cometen actos que nos
hielan la sangre de solo imaginarlos, sin remordimientos y sin clara conciencia de lo
ejecutado. Duele comprobar que la edad del estudio y de los descubrimientos, del amor,
y la amistad, ha sido reemplazada por la época del odio, el rencor, las armas y la
ignorancia total como bandera. Duele constatar que los claros ejemplos de la Humanidad
se convierten en trastos de buhardilla porque, no pudiéndolos imitar, más vale
esconderlos en ridícula naftalina.

HOY VI…
Y ahora cabe preguntarse: ¿es la juventud culpable de su propia enfermedad? Sí,
lo es, pero tan solo en parte. Hay otros culpables, encerrados tal vez entre aquellos
mayores que aseguran amar a la juventud.

Es fácil criticar sin más a la “vieja generación”, culpándola de todo lo que
acontece a los jóvenes de ahora. Es fácil, pero no es prudente, ya que recomendaríamos
a los actuales jóvenes pensar por un instante qué dirán de ellos sus hijos y sus nietos. Si
el ejemplo de los mayores no fue del todo positivo, el ejemplo de la generación presente
lo es mucho menos todavía, y no me refiero a las honrosas excepciones.
Pero los mayores, en el afán de crear jóvenes “felices”, con la mayor buena
voluntad, han creado un mundo de pesadilla, donde el joven, en plena “libertad” ha
hecho y dicho de todo, encontrándose con que nada le sirve, salvo un rencor sordo que
alimenta en su interior y que manifiesta en la mentada violencia.

Se ha querido conceder todo a la juventud, incluso la libertad de condicionar sus
propias vidas al propio gusto. Pero se ha olvidado algo importantísimo: nadie le enseñó
a valerse de la libertad; nadie le enseñó cómo se acondiciona una vida, y aun nadie se
presentó ante los jóvenes con suficiente autoridad como para ser atendido. Padres,
maestros y sacerdotes lamentan, con lágrimas que nadie ve, la violencia que ellos
mismos soportan como fruto de una blandura de carácter a destiempo.

Hoy la violencia es la señora; hoy ella cobra sus tributos a diario, y sus altares
son los más concurridos de ofrendas, cual dios sangriento que pide víctimas sin cesar.
Hoy hay violencia en todas las actitudes humanas: desde el simple saludo gruñón de la
mañana, pasando por las disputas callejeras casi sin motivos, hasta llegar a complejos
planes maquiavélicos destinados a hundir a la Humanidad, tarde o temprano, en el más
negro salvajismo.

Es indispensable destronar a este falso dios; es indispensable recolocar a la
fuerza constructiva en su verdadero sitio. La vida tiene en sus tramas suficientes pruebas
y dolores como para desperdiciar energías creando otros nuevos y artificiales. Es
indispensable construir y construirse, desde los niños a los ancianos; es necesario volver
a su lugar cada edad, cada sentimiento, cada conocimiento, y veremos entonces a la
violencia deshecha por su propio impulso, mientras crece la fuerza natural y legítima, la
que lleva a la evolución positiva.

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