La lección del mal Filosofía

La lección del mal

el mal
James Allen

La inquietud, el dolor y la pena son las sombras de la vida. No hay un solo corazón en todo el mundo que no haya sentido el aguijón del dolor, ninguna mente se ha librado de caer en las oscuras aguas del problema, no hay ojo que no haya llorado ardientes y cegadoras lágrimas de indecible angustia.

No hay casa donde los Grandes Destructores, la enfermedad y la muerte, no hayan entrado, separando los corazones, y cubriendo todo con el oscuro lienzo de la pena. En las fuertes, y aparentemente indestructibles redes del mal todos están atrapados, en mayor o menor grado, y el dolor, la infelicidad y la desventura atienden a la humanidad.

Con el objeto de escapar, o de algún modo mitigar este sombrío abatimiento, hombres y mujeres se apresuran ciegamente hacia innumerables invenciones, caminos que ilusamente esperan que los lleven a una felicidad que no termine.

Tales son el borracho y la ramera, que se revelan en emociones sensuales; tal es el esteta exclusivo, que se cierra a las penas del mundo, y se rodea con lujos debilitantes; tal es quien, sediento de riquezas o fama, subordina todas las cosas al logro de su objetivo; y tales son quienes buscan consuelo en la realización de ritos religiosos.

Y a todos parece llegarles la felicidad buscada, y el alma, por un tiempo, es arrullada en una dulce seguridad, y un embriagante olvido de la existencia del mal; pero al fin llega el día de la enfermedad, o alguna gran pena, tentación o desventura se presenta repentinamente en el alma sin fortaleza, y el tejido de su fantasiosa felicidad es reducido a jirones.

Así, sobre la cabeza de cada alegría personal, cuelga la espada de Damocles del dolor, listo en cualquier momento, para caer y aplastar el alma de quien no está protegido por el conocimiento.

El niño llora porque quiere ser hombre o mujer: el hombre y la mujer suspiran por la felicidad perdida de la infancia. El hombre pobre se impacienta bajo las cadenas de la pobreza que lo ata, y el hombre rico frecuentemente vive temiendo la pobreza, o trota el mundo entero en busca de una elusiva sombra que llama felicidad.

A veces el alma siente que ha hallado una paz y felicidad seguras al adoptar una cierta religión, al abrazar una filosofía intelectual, o al construir un ideal artístico o intelectual; pero una tentación arrolladora demuestra que la religión era inadecuada o insuficiente; la filosofía teórica resulta ser una baratija inútil, la estatua idealista en la cual el devoto ha bregado tantos años se desmorona en fragmentos a sus pies.

Entonces, ¿no hay modo de escapar del dolor y la pena? ¿No hay medios para romper las ataduras del mal? ¿Son acaso la felicidad permanente, la prosperidad segura y la paz duradera un sueño tonto?

No, hay un modo, y lo digo con alegría, mediante el cual el mal puede ser exterminado; hay un proceso mediante el cual la enfermedad, la pobreza o cualquier condición adversa puede ser alejada para nunca volver; hay un método mediante el cual puede asegurarse prosperidad permanente, libre del miedo de que la adversidad regrese, y hay una práctica mediante la cual es posible realizar paz y júbilo interminables e ininterrumpidos.

Y el principio del camino que lleva a esta comprensión gloriosa es la adquisición de un entendimiento correcto de la naturaleza del mal.

No basta con negar o hacer caso omiso del mal; debe ser entendido. No basta con orar para que Dios elimine el mal; debes averiguar porqué está ahí, y cuál es la lección que encierra para ti.

No tiene caso preocuparse y humear ni impacientarse contra las cadenas que te atan; debes saber porqué y cómo estás atado. Por tanto, lector, debes salir de ti mismo, y debes comenzar a examinarte y entenderte.

Debes dejar de ser un niño desobediente en la escuela de la experiencia y debes empezar a aprender, con humildad y paciencia, las lecciones puestas para tu edificación y—en último caso—perfección; ya que el mal, cuando es correctamente comprendido, resulta ser no un poder ilimitado o principio del universo, sino una fase pasajera de la experiencia humana, y por lo tanto se convierte en un maestro para aquellos dispuestos a aprender.

El Mal no es una cosa abstracta fuera de ti; es una experiencia en tu propio corazón, y al ir pacientemente examinando y rectificando tu corazón gradualmente serás conducido al descubrimiento del origen y la naturaleza del mal, lo cual será necesariamente seguido de su completa erradicación.

Todo el mal es correctivo y sirve como remedio y, por ende, no es permanente. Está enraizado en la ignorancia, ignorancia de la verdadera naturaleza y relación de las cosas, y en tanto permanezcamos en ese estado de ignorancia, permaneceremos sujetos al mal.

No hay mal en el universo que no sea el resultado de la ignorancia, y que no pudiera—si estuviéramos listos y dispuestos a aprender su lección—guiarnos a mayor sabiduría, y luego desvanecerse. Pero los hombres permanecen en el mal, y éste no termina de pasar porque los hombres no están dispuestos o preparados para aprender la lección que vino a enseñarles.

Conocí un niño que, cada noche cuando su madre lo metía a la cama, lloraba pidiendo le dejaran jugar con la vela; y una noche, cuando la madre se descuidó por un momento, el niño tomó la vela; el resultado inevitable siguió, y el niño jamás deseó jugar de nuevo con la vela.

Por su torpeza aprendió, y aprendió perfectamente la lección de obediencia, y entró al conocimiento de que el fuego quema. Y este incidente es una ilustración completa de la naturaleza, significado y resultado último de todo el pecado y el mal.

Así como el niño sufrió por su ignorancia de la naturaleza real del fuego, niños mayores sufren por su ignorancia de la naturaleza real de las cosas por las cuales claman y luchan, y que les dañan cuando las tienen seguras; la única diferencia es que en el último caso la ignorancia y el mal están más oscuros y más profundamente enraizados.

El Mal siempre ha sido simbolizado por la oscuridad, y el Bien por la luz, y oculto dentro del símbolo está contenida la interpretación perfecta, la realidad; ya que, así como la luz inunda el universo, y la oscuridad es una mera mancha o sombra proyectada por un pequeño cuerpo que intercepta unos cuantos rayos de la luz ilimitada, así la Luz del Bien Supremo es el poder positivo y dador de vida que inunda el universo, y el mal es la sombra insignificante proyectada por mí que intercepta y tapa los rayos iluminadores que luchan por entrar.

Cuando la noche envuelve el mundo en su impenetrable manto negro, no importa qué tan densa sea la oscuridad, cubre solamente el pequeño espacio de la mitad de nuestro pequeño planeta, mientras el universo entero está encendido con luz viva, y cada alma sabe que despertará en la luz de la mañana.

Sabe, entonces, que cuando la noche oscura de la pena, el dolor o la desventura descienda sobre tu alma, y des traspiés con pasos débiles e inseguros, que simplemente estás bloqueando con tus deseos personales la ilimitada luz de júbilo y regocijo, y la oscura sombra que te cubre es proyectada por nadie más que tú.

Y tal como la oscuridad externa no es más que una sombra negativa, una falta de realidad que viene de la nada, va a ninguna parte y no tiene lugar de residencia, así la oscuridad interna es igualmente una sombra negativa que pasa temporalmente por el alma Luminosa en evolución.

“Pero”, me imagino escuchar, “¿qué necesidad hay de pasar por la oscuridad del mal? Porque, por ignorancia, elegiste hacerlo, y porque al hacerlo, podrás entender el bien y el mal, y podrás apreciar mejor la luz habiendo pasado por la oscuridad.

Dado que el mal es el resultado directo de la ignorancia, cuando las lecciones del mal son completamente aprendidas, la ignorancia se va y toma su lugar la sabiduría. Pero, así como un niño desobediente rehúsa aprender sus lecciones en la escuela, es posible rehusarse a aprender las lecciones de la experiencia, y así permanecer en continua oscuridad, y continuamente sufrir castigos repetidos en la forma de enfermedad, decepción y pena.

Aquél que, por lo tanto, quiera sacudirse el mal que tiene en sí mismo, debe estar dispuesto y listo para aprender, y debe estar preparado para soportar el proceso disciplinario sin el cual no puede lograrse un grano de sabiduría o de felicidad duradera.

Un hombre puede encerrarse en un cuarto oscuro, y negar que exista la luz, pero ésta existe en todas partes por fuera, y la oscuridad existe sólo en su pequeña habitación.

Así puedes tapar la luz de la Verdad, o puedes comenzar a demoler las paredes del prejuicio, la búsqueda egoísta y el error que has construido a tu alrededor, y permitir que entre la Luz gloriosa y omnipresente.

Mediante un serio auto-examen lucha por darte cuenta, y no sólo mantener como teoría, que el mal es una fase transitoria, una sombra creada por uno mismo; que todos tus dolores, penas y desventuras han llegado a ti por un proceso de ley sin desviaciones y absolutamente perfecto; han llegado a ti porque las mereces y las necesitas, y que, primero soportándolas y luego entendiéndolas, llegarás a ser más fuerte, más sabio, más noble.

Cuando te hayas dado plena cuenta de esto, estarás en posición de moldear tus propias circunstancias, transformar el mal en bien y tejer, con mano diestra, el tejido de tu destino.

De la noche, ¡Oh Vigía! ¿Has visto aún
La destelleante aurora sobre las cimas de las montañas,
El Heraldo dorado de la Luz de luces,
Han pisado sus bellos pies los montes?

¿No ha venido a ahuyentar la oscuridad,
Y con ella a todos los demonios de la Noche?
¿Han herido sus dardos luminosos tus ojos?
¿Has escuchado su voz, el sonido de la perdición del error?

La Mañana llega, amante de la Luz;
Aún ahora, cubre con oro el borde de las montañas,
Borrosamente veo la ruta aún ahora
Sus brillantes pies apuntan a la Noche.

La oscuridad pasará, y todas las cosas
Que aman la oscuridad, y que odian la Luz
Desaparecerán para siempre con la Noche:
¡Alégrense! Porque así canta el veloz Heraldo.

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