El temor Psicología

El temor

temorFrancisco López Silvane

El miedo es un instinto común a
todos los hombres, del que
nadie está completamente libre.
La conducta humana y sus actitudes
ante la vida están condicionadas, en gran
medida, por esos temores que brotan de
nuestro interior en grados diversos que
van desde la simple timidez hasta el
pánico desatado, pasando por alarma y
el terror.

El miedo frena y atenaza
nuestros actos. Este hecho ha sido
largamente conocido y aprovechado, a
través de los tiempos, por algunos
hombres para ejercer dominio sobre
otros. Las doctrinas religiosas, con
diablos de fuego y azufre para castigar a
los malos, y la inmensa crueldad de
algunos tiranos, constituyen ejemplos
válidos de una variada gama de
manipulaciones y abusos que ha ido
metamorfoseándose hasta adquirir
formas más suaves en nuestros días.

Un temor normal puede ser
saludable hasta cierto punto, puesto que
a veces pavimenta el camino del propio
progreso, ayuda a preservar la vida o
actúa como estímulo en el cumplimiento
del deber. Un abogado que tema adquirir
mala reputación, por ejemplo, será
extremadamente aplicado en la defensa
de cada caso. El problema es que el
hombre teme en exceso. Teme por su
propia vida, por su buen nombre y
posición, por su familia y por sus
posesiones. A medida que adquiere
bienes, fama y poder, adquiere también
el temor a perderlos y eso conlleva la
constante preocupación de velar por su
salvaguardia, lo que le convierte en
víctima de su propia ambición. Quien
posee, teme. Ésta es una debilidad
común en distintos grados, a todos los
hombres.

Existe otro tipo muy común de
miedo que es imaginario o «irracional».
Es un temor irreal que constituye un
grave problema para el individuo y a
menudo se convierte en el factor que
predispone para que la desgracia
imaginaria que uno teme se produzca
realmente. Tal puede suceder, por
ejemplo, al conducir un coche con
aprensión.

Tampoco es infrecuente, se
oye decir a los médicos, que un paciente
totalmente sano, pero temeroso de haber
contraído cáncer, termine siendo víctima
de la enfermedad. Casos más conocidos
son los de estudiantes bien preparados
que fracasan en sus exámenes por causa
del miedo y nerviosismo que éstos les
producen.

Algunos temores antinaturales se
denominan fobias. Quienes los padecen
no se ven amenazados por ninguna causa
objetiva y próxima y, sin embargo, son
incapaces de liberarse de sus
sentimientos negativos. Los hay que
temen a las ratas, a la oscuridad, a las
tormentas… Algunos tienen miedo a la
soledad. Otros, a las grandes
muchedumbres (agorafobia) y muchos se
espantan cuando penetran en espacios
cerrados, como túneles, ascensores, etc.
(claustrofobia).

En estos casos, el temor es para la
mente lo que la parálisis para el cuerpo.
Es el principio de todos los males, ya
que los temores de un cobarde le
exponen a todo tipo de peligros. Cuando
el miedo es constante, uno pierde la
confianza en sí mismo y en la propia
capacidad, y se siente incompetente y
abocado al fracaso. Además, los
temores imaginarios causan
enfermedades, consumen la energía del
cuerpo y producen desasosiego y
pérdida de vitalidad.

Podemos, pues, distinguir
claramente dos tipos de temor: el real y
el imaginario. El primero está
relacionado con el apego. Uno se apega
a su pluma, a su automóvil, a sus hijos, a
sus posesiones o a su propia vida y teme
perderlos. Dondequiera que hay apego,
hay temor. Dondequiera que hay temor,
hay debilidad y pacto. No es otra la
razón por la que los renunciantes tratan
de desprenderse de sus deseos. De esa
forma, se liberan del apego y,
finalmente, del miedo, haciéndose
auténticamente libres.

Mientras haya
deseos en el corazón del hombre, éste
será esclavo del apego y del temor.
El origen de los temores imaginarios
o neuróticos se remonta a menudo a la
infancia. La mente del niño es muy
impresionable y plástica. Las semillas
del temor pueden permanecer latentes o
dormidas en su mente subconsciente y
germinar más adelante hasta convertirse
en fobias. Los padres y educadores
tienen una gran responsabilidad durante
la formación del niño. Jamás deben
decirles nada que pueda asustarles. Por
el contrario, deben contarles historias en
las que sean resaltadas la generosidad y
el valor. Así plantarán en sus mentes
semillas positivas que puedan germinar
en grandes virtudes.

Para conquistar el miedo es preciso,
en primer lugar, enfrentarse a él. El
hombre teme más a lo que desconoce. Si
una persona siente miedo de hablar a
otra, debe mirarle abiertamente a los
ojos y su temor se desvanecerá
Quien sea cobarde ha de esforzarse
en encontrar valor en su corazón. Lo
positivo siempre se impone a lo
negativo. Concentrándose en la cualidad
opuesta, el miedo termina por
desaparecer. Éste es el método de los
yoguis. La introspección es también de
gran ayuda. Si uno se sienta
tranquilamente y reflexiona, los temores
imaginarios se desvanecen. Es preciso
aprender a discriminar. Finalmente, para
los creyentes, Dios es el refugio de sus
devotos. Quien se abandona en él con
perfecta fe, se ve libre de todo temor.

Algunos psicólogos opinan que no
puede existir una ausencia absoluta de
temor y que sólo pueden conseguirse
ciertos logros en su conquista. Sin
embargo, los Upanishads aseguran que
el «sabio que tenga el conocimiento de
Brahman(experiencia trascendental)
estará libre de todo temor». Hay una
anécdota de un famoso sabio hindú que
viene al caso: uno de sus discípulos
estaba atravesando una profunda crisis
nerviosa con frecuentes sobresaltos. Un
día se dirigió al maestro para pedirle
determinada cantidad de dinero con la
que pensaba realizar un largo viaje.

Aquél le contesto que la situación
financiera no le permitía darle la
cantidad solicitada y el estudiante se
retiró contrariado y furioso. Aquella
tarde, el maestro, sintiendo la angustia
que afligía el corazón del estudiante, se
dirigió a su cabaña con ánimo de
llevarle consuelo e inspiración. El
discípulo, al verle, se abalanzó sobre él
fuera de sí y, tras derribarle, trató de
asesinarle blandiendo un hacha. Al oír
los gritos, acudieron otros discípulos.

El primero en llegar describió así la
escena: «El maestro, caído en el suelo
con el hacha sobre su cabeza, estaba
radiante, con una dulce sonrisa en sus
labios y una expresión impresionante de
tranquilidad. Viéndole, más parecía que
su verdugo le estuviera haciendo una
ofrenda de flores».

Es un hecho que el temor contrae,
mientras el amor es expansivo. La
conducta humana está casi siempre
inspirada en la ignorancia y el temor,
pero no es menos cierto que puede
estarlo también en la sabiduría y el
amor.

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