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Información y formación

Información y formación

informacionDelia Steimberg
El prodigioso progreso de los medios de comunicación podría haberse constituido en una panacea para la humanidad. Si se hubiesen dedicado a difundir educación, a expandir conocimientos, si hubiesen puesto al alcance de la gente lo que pensaron y crearon los sabios más destacados, esos medios habrían cumplido una misión formativa y no simplemente informativa. El amplio espectro que logran y la gran cantidad de público al que llegan, abarcando todas las edades y condiciones, habría permitido hacer de ellos una verdadera escuela de formación digna del desarrollo civilizatorio.

Pero no. La tarea se ha limitado a lo estrictamente informativo y, en algunos casos, a lo tristemente deformativo.
Veamos lo que sucede en muchas ocasiones:

Escasa información.
Aunque muy pocos se atreven a mencionar recortes ni censuras, lo cierto es que existen. Pero como están previamente aceptados y concertados, a las masas les llega lo que se pretende que llegue, junto con todo un esquema de argumentaciones destinadas a rellenar los vacíos que se otra forma habrían resultado evidentes.

Información contradictoria. Al haber tantos medios actuando al mismo tiempo y en todo el mundo, no es de extrañar que las opiniones vertidas por unos y otros no coincidan para nada, creando confusión en el público. Los resultados: un tomar partido por las cosas sin saber muy bien por qué, o un desinteresarse por las cosas que, en cierta medida, nos atañen a todos.

Desinformación manipulada.
En oportunidades, lo que se lanza al mercado es lo contrario de la realidad; no es el caso de informar poco o mucho, sino de crear otras ideas bien diferentes a lo que acontece detrás de los mil telones montados en el mundo. ¿Por qué se manipula la información? Porque la libertad es buena hasta que deja de serlo, o hasta que empieza a molestar, o hasta que se descubre que la libertad también da pie a la deformación de las verdades en ese amplio marco en el que todos pueden hacer lo que quieren.

Información fuera de lugar.
La masificación informativa permite que a toda hora, y por algún medio, se estén difundiendo noticias de toda índole, sin que importe quiénes son los receptáculos de esas noticias. Nuestros niños absorben infinidad de indignidades como si fuese lo más natural del mundo; la hora de las comidas coincide con noticieros en los que se exponen las mayores atrocidades con palabras mesuradas e imágenes escalofriantes; antes de dormir recogemos el resumen de los desastres diarios y nos levantamos con los pronósticos de nuevas catástrofes.

Escándalo y exageración.
La competencia requiere que el producto informativo resulte atractivo. Por lo tanto, hay que darle realce a toda costa. Nada más sencillo que exaltar la morbosidad latente en las personas y ya se ha conseguido: el que relata el mayor escándalo, el que puede destapar la vida privada de quien sea, u obtener la fotografía más
desvergonzada o las palabras que nunca nadie ha pronunciado de verdad, ése está en el candelero. De una piedra se hace una montaña, y además se asegura haber visto y escalado la montaña… De un rumor se obtiene una certeza, y de una presunción una culpabilidad. Que se defiendan los que pueden, que siempre es más fácil calumniar que demostrar la inocencia en quien se ha visto salpicado por las injurias. Y curiosamente, este estilo de mala información, va en perjuicio de los buenos y honrados profesionales que, sin quererlo, se ven imbricados en el conjunto de los manipuladores y los difamadores.

Podríamos continuar con esta lista, pero creemos que estos ejemplos bastan para expresar la falta de formación y, por contra, la deformación que provocan los medios en nuestro mundo actual.

EL ALCANCE DE LA INFORMACION
Aunque pudiera parecer una alabanza a la censura, la motivación de lo que viene a continuación es bien diferente. No se trata de privar a la gente de aquello que tiene derecho a conocer, sino de educarla previamente para que pueda conocer y comprender.
Con esto queremos decir que no todas las noticias deberían ser difundidas sin más. Es cierto que al ritmo que avanzan los tiempos, necesitamos saber lo que pasa a diario en todos los sitios, pues hoy, más o menos, todos estamos relacionados y lo que incumbe a unos termina por ser de la incumbencia de todos.

Pero de allí a ventilar cuanto hecho macabro ocurre en el mundo, hay una larga distancia. Es que a fuerza de ganar terreno, la información necesita ocupar espacio, y si hay noticias mejor, y si no las hay, hace falta buscarlas, inventarlas o convertir en noticia el hecho más absurdo recurriendo a las triquiñuelas psicológicas más baratas.

Hoy se vende la violencia, el sexo, el crimen, la corrupción, el fanatismo… Pues bien: todo lo que acontece debe encajar por fuerza dentro de los parámetros de la moda. No nos extrañe, pues, que la juventud intente imitar lo que es noticia, o que los niños, desde muy temprano, queden insensibilizados ante los actos más vandálicos y agresivos; para ellos – y para muchos que ya no son niños – el héroe es el bruto y el listo, y los demás son tontos sentimentales pasados de moda.

Hasta los dibujos animados rezuman horror y espanto y hay que salir a buscar cariño en los extraterrestres, como si en la tierra esa fuente se hubiera agotado o no fuera cosa de humanos…
Ya es bastante desgracia el que ocurran algunos hechos como para hacer de ellos propaganda desmedida en los medios de comunicación. Y aquí no vale el argumento de que se muestran para que sirvan de ejemplo. Al contrario, en un mundo donde la moral profunda brilla por su ausencia, lo que se toma como ejemplo no es el delito para prevenirlo, sino el delincuente para emularlo. Se nos muestran los crímenes, pero no los castigos; se divulgan los horrores pero no las
soluciones; se sabe del malo que ayer fue bueno y del bueno que antes era malo, con lo cual no se sabe quién es quién y en cambio se advierte la posibilidad de ser cualquier cosa con tal de destacar.

Consideramos que la información, como todas las actividades humanas, tiene un límite, y no un límite impuesto por la censura de unas mentalidades determinadas, sino por la vida misma. Todos nosotros, a lo largo del día, tenemos horas para compartir y mostrar, y horas para estar a solas, horas de intimidad. Aunque la moda imponga la grosería de hacer públicas todas las acciones, un cuarto de baño
nunca será lo mismo que una biblioteca y una ducha nunca será igual a un concierto. Un libro, un poco de música, son para compartir; la ducha es para higienizarse sin tener que denunciar públicamente cada una de las partículas de suciedad que arrancamos de nuestro cuerpo.
En verdad, lo que queremos es mejor información, de la buena, de la válida, de la que construye, de la que nos ayuda a vivir y a superarnos.

Nos gustaría que la cultura ocupara tanto espacio como la trivialidad, ya que no podemos hacer que lo ocupe todo; nos gustaría que el bien hacer y el buen decir fueran más prestigiosos
que la grosería, que los sentimientos refinados tuviesen más cabida que la bestialidad y la crueldad. Sí, todo eso nos gustaría. Y lo mejor del caso es que tenemos los medios para hacerlo…
Aunque a veces lo olvidemos, estamos en la era de la información.

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